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Partido Liberal Colombiano, el camino a la igualdad

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Gaviria a la palestra
Editorial, El Nuevo Siglo junbio 11 de 2008

* Entre demócratas y monócratas
* Perspectiva de una campaña en ciernes


GaviriaA hoy quedan alrededor de dos años para el término del segundo mandato del presidente Álvaro Uribe. Esa es la realidad, pero de constreñirse a lo contrario e insistir en un tercer período bajo la renovada fractura constitucional, el país se verá impelido a escoger entre monocracia o democracia en el máximo dilema de su historia política.

Como se sabe, el poder absoluto pervierte absolutamente, catapulta la corrupción y se gobierna con el espejo de las vanidades. La democracia no sólo exige elecciones, sino alternación, respeto por la justicia y acato de las reglas vigentes. La monocracia, al estilo del estridente neopopulismo latinoamericano, consiste en forzar una regencia permanente disfrazada de legitimidad popular y la sustitución de las instituciones en cabeza de una sola persona.
No es posible, pues, volver al impúdico requiebre de la Constitución para cumplir el propósito reeleccionista, cuya obvia tendencia era y es a reciclarse, y que fue fraguado al alero de un expediente que hoy se confirma como el más protervo escándalo de las sinecuras y la compraventa de las instituciones que han confesado sus protagonistas. Son las pruebas y los hechos objetivos, más tercos que las palabras y los juramentos, que indican el tamaño de la conjura.

Ha dicho el presidente Uribe, sin mayor persuasión, que no pretende perpetuarse. Y el expresidente Gaviria le ha salido al paso al sostener que, de hacerlo, él lo enfrentaría, aún con su propia candidatura. Pese a lo críptico del asunto, las cosas se han puesto en el nivel requerido para la dimensión de lo que se plantea: de un lado, el de Uribe, la monocracia, del otro, el de Gaviria, la democracia.
En ciertos aspectos Gaviria y Uribe son coincidentes. Ambos han atacado a las Farc, que parecería ser el actual núcleo de la política colombiana, con matices, pues el primero permitió la toma de Casa Verde y El Embo como un acto soberano y propio de las Fuerzas Armadas, mientras el segundo conjuga elementos similares a favor de sus consignas políticas, con la ventaja del Plan Colombia de colofón. Uribe, a su vez, fue congresista clave en el “reindulto” al M-19 practicado en el gobierno de Gaviria. Este, por su parte, intentó la judicialización del narcoterrorismo, como después lo copió Uribe, con gradaciones, en la ley de Justicia y Paz.

En economía, Uribe y Gaviria obtuvieron confianza inversionista e índices de crecimiento favorables. Uribe ha sido un administrador, Gaviria un reformador que llevó a Colombia por el sendero de la globalización. El primero tendiente a los impuestos, con grandes exenciones selectivas, el segundo a la restructuración tributaria. Uribe fue ponente de la ley de seguridad social promulgada por Gaviria, sin luego lograr en su gobierno los ajustes prometidos. Uribe afincó su política social en los programas de Pastrana, especialmente Familias en Acción. Gaviria, en este aspecto, sentó las bases de la Red de Solidaridad, en la que Uribe tiene un baluarte, y organizó los pilares del Sisbén que después desarrolló Samper. Gaviria mantuvo una economía saludable en medio de la crisis del apagón; Uribe ha navegado, sin crisis, en medio del boom global. Corresponde a Uribe, hasta el momento, el fracaso del TLC, mientras Gaviria promovió la apertura y la integración económica, comenzando por Venezuela. Esto, en general, a partir de una visión divergente sobre cómo se configura y ejerce la política internacional.

Pero en lo que son dramáticamente diferentes, aparte de ser el uno centrista y el otro polarizante, es en el enfoque y aplicación de la democracia. Gaviria levantó el Estado de Sitio permanente, produjo la revolución de la tutela -entre otras-, prohibió los auxilios parlamentarios contra la politiquería, logró la transformación nacional a partir de los acuerdos políticos públicos, sacó avante una Constituyente exitosa y abrió el país a nuevas corrientes. Uribe, como acaba de acontecer, se niega a una reforma política drástica que castigue los nexos partidistas con el paramilitarismo, mira al Congreso como una oficina alterna de Palacio, pervive de pelea con las Cortes y se muestra exasperado con las investigaciones de la parapolítica.

A ello, claro, hay que añadir la discrepancia básica: mientras a Gaviria le ofrecieron durante la Constituyente la reelección sucesiva, la rechazó de plano por considerarla extravagante. Uribe, en cambio, no sólo la buscó, sino que al parecer se le volvió su anhelo indefinido. Eso marca, ciertamente, la incompatibilidad entre demócratas y monócratas. Y en esa pugna no hay ni que pensarlo. Como conservadores estamos con lo primero que exige preservarse: ¡la democracia!

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a Juan Carlos Valencia Montoya, Cámara Social * Pereira - Colombia

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